La Tertulia del ‘Galindo’: La Vocación

¿Será la mía una vocación de segunda, una vocacioncilla sin más? Esta pregunta viene asaltándome desde hace tiempo, desde que dejé de escribir poemas. La ansiedad de entonces por hacer poemas ha dado paso a la duda de ahora. A mí me habían dicho que la vocación literaria exigía una especie de sumisión absoluta, casi una esclavitud y que había que escribir, escribir a todas horas, escribir sin freno. ¿Qué vocación será entonces la mía -me pregunto- que hace meses que no escribo ni un solo verso?

Esto viene a cuento de una conversación. A.M y yo nos conocimos no hace mucho. Llevabamos tiempo intentando encontrar un día en el que por fin ponernos cara. Él había leído La Senda, y yo su última novela y su último poemario. Intercambio de correos. Oye a ver si nos tomamos algo. Lo típico. Y nos lo hemos tomado hoy en la terraza del Galindo, aprovechando que el invierno en Madrid ha dado una tregua. Me contaba que él, si no escribía por lo menos una hora al día, no se encontraba. “No me hallo, Álvaro, no me hallo”, repetía. Y me citaba una retahíla interminable de autores que hacían y decían lo mismo. “Fulanito se pegó un tiro cuando pasó un mes sin escribir”, me decía, con cierto tono de admiración. “Bueno, pues el tal Fulanito era un desequilibrado -respondí- el tiro se lo hubiera pegado por eso o por cualquier otra cosa”. Su gesto de asombro no le cabía en la cara. Parecía que me había acordado de toda su familia y ziscado en lo más sagrado. Un cómo puedes decir eso anidó en su mirada, que llegó a incomodarme. Y entonces lo dijo: “Es la vocación, Álvaro… ¡la vocación!”.

Acudí, poco después, al maestro, como siempre que ando metido en tribulaciones. Tiene él derecho a perenne mesa en el Galindo, siempre provista de un vaso y una botella de agua con gas. Y no llega a atravesar la atávica puerta de la tasca, cuando en seguida es reconocido por cualquiera, amén de sus facciones, como un sabio. Tiene la cabeza redonda, con una melena blanca y rizada que oculta con efectividad los claros de la testa. Dos ojos pequeños y negrísimos que custodian de cerca el tabique nasal. Espigado de talle, alto, con aires de director de Marketing de una multinacional ya jubilado. Sus manos, sin embargo, son las de un anciano, con un tacto que es casi delicado y casi rudo, pero siempre embebidas en un calor de hogar.

Sentado junto a él, le cuento lo sucedido. “Si eso es la vocación -le digo- yo no la quiero; sinceramente, pegarse un tiro por un poema me parece una exageración”.  Le dije que podía entender cierta angustia, que la angustia creativa (Kirkegaard) es lógica e inevitable y que incluso podía comprender la desazón, pero que todo lo que pasara de un mal rato, me parecía un desequilibrio que no quería para mí.

Y entonces, después de un buen rato escuchándome perorar, se quitó las gafas y sentenció, como solía: “La vocación literaria está mal nombrada. Una vocación es una llamada. Y a ti nadie te ha pedido que escribas poemas ¿verdad?. Lo que tú llamas vocación literaria es otra cosa. Tú tienes vocación periodística, vocación política, vocación libresca… lo literario o lo artístico está por encima de ellas y está en todas ellas, las traspasa. Tu forma de ser poeta no está sólo en lo que escribas o leas, está también en tu forma de ser periodista. ¿Entiendes?”.

-Ni jota

-Que la vocación poética no es despacharse con un tiro o andar encorvado y con aires melancólicos, como si te estuvieran haciendo vudú constantemente. Es estar siempre dispuesto a contemplar el milagro de la belleza, allá donde se celebre.

-Una contemplación, mas que una acción ¿no?

-Una contemplación que es acción, querido. Ver y observar son acciones más o menos pasivas. Contemplar te exige; exige de ti que pongas en funcionamiento tu cabeza, tu sensibilidad. ¿Lo entiendes ahora?

-Más o menos…

Álvaro Petit Zarzalejos
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