Entrevista a Jon Juaristi: “La gente tiende a olvidar. La historia ha desaparecido”

Foto: Mario Sánchez

Tras unas gafas que, como pidiendo silencio y reflexión se deslizan por la nariz hasta quedarse en su filo, se embosca Jon Juaristi Linacero (Bilbao, 1951), poeta, ensayista y catedrático de Literatura en la Universidad de Alcalá de Henares. Observa, calla un instante y responde. La entrevista, que se mueve en las aguas del recuerdo y la remembranza, se alarga plácidamente entre chanzas y gravedades, entre nombres propios que se deslizan y paisajes que son ya memoria. Muchos temas se apilan en la libreta ilegible, y todos se comprimen en apenas dos: poesía y nacionalismo. En ellos, por la ausencia de fronteras en las respuestas del entrevistado, todo un pensamiento que constituye, sin duda, uno de los más sólidos de España. Y como quien está armado de la grabadora nunca ha creído en el método inductivo, vamos de los particular a lo particular, con algunas generalidades esclarecedoras.

¿Cómo recuerda el Bilbao de su juventud?

Era un Bilbao muy cutre, un Bilbao en el que se estaba expandiendo la sensación de ser una ciudad en bancarrota e inhabitable. Las inundaciones del verano del 83 fueron casi providenciales; se llevaron por delante ese Bilbao post-manchesteriano y permitieron, entre otras cosas, que el Gobierno vasco se tomara en serio Bilbao y la necesidad de darle una centralidad de algún tipo, porque la verdad es que el nacionalismo siempre había olvidado Bilbao. Pero, frente a esto, es cierto que Bilbao tenía todavía mucha vitalidad latente.

Claro, es en ese ambiente en el que surge un gran movimiento cultural.

Yo no diría que un gran movimiento cultural, pero sí uno muy joven. Date cuenta que a mediados de los 70 teníamos todos unos 24 ó 25 años y veníamos de una experiencia mala que era la del tardofranquismo, la de ETA… una época de mucha bronca, en la que quien más quien menos había tenido problemas. Yo acababa de terminar la carrera en el 74, Atxaga venía de San Sebastián, en donde había montado una revista que se llamaba Ustela, cabecera que ya lo quería decir todo, porque Ustela, en vasco, significa “podrido”. Llegó a Bilbao, donde yo andaba con una semidepresión encima. Me llamó y me dijo: Vamos a montar otra revista. Sacamos Pott, que como ha quedado claro retrospectivamente, fue una revista hecha a mayor gloria de Bernardo, una operación de promoción personal encubierta como irrupción colectiva de una nueva generación en la literatura euskérica. Yo entré, más que nada, por curiosidad, porque mi perspectiva no era la literatura en euskera. A mí el euskera me interesaba desde el punto de vista filológico, pero no como lengua de creación. Era un momento propicio porque Aresti había desaparecido y quedaba ahí un vacío que Atxaga intentaba llenar.

¿Por qué nunca le ha interesado el euskera como lengua de creación literaria?

Porque yo creo que la lengua en la que tienes que escribir literatura tiene que ser la lengua en la que sueñas y yo nunca he conseguido soñar en euskera. Y además, el Bilbao que yo viví era un Bilbao mayoritariamente castellano.

Mi familia era una familia nacionalista por la rama paterna; mi abuelo había escrito en euskera porque era uno de los jóvenes turcos del primer nacionalismo, había sido uno de los fundadores de Juventud Vasca en 1904, era muy radical, su nacionalismo era muy radical. Y el euskera en el que él escribía era un euskera incomprensible. Por eso a mí me empezó a llamar la atención el euskera cuando nos fuimos a vivir a Las Arenas, porque allí iban las aldeanas de Lejona con la vendeja en sus burros y hablando en euskera. Iban haciendo un alto en las casas y a mí me sorprendía muchísimo que hablaran euskera entre sí, porque era como tener a dos pasos un mundo donde cambiaba la lengua y las referencias culturales y entonces decidí aprenderlo. Además, yo era un niño más o menos gordito y en Gaztelueta había demasiado deporte para mi gusto, entonces me dediqué a especializarme en ciencias ocultas como el euskera. (risas)

Estudiando el grupo Pott, generalmente se le da el título de grupo de vanguardia. A mí, sinceramente, me resulta más un grupo dedicado a tocarle las narices a los mayores.

Sí, sí. Es que los mayores eran los que seguían practicando un tipo de poesía social en euskera que no era preocupante porque no era perceptible. En Bilbao, la poesía social epigonal era la poesía del grupo de Zurgai o de los poetas del círculo de Pablo González de Langarika, que escribían en castellano, y eso sí se notaba un poco porque eran una especie de Oteros y Celayas rezagados. Pero el mundo de la poesía social en euskera, que se identificaba aún con la poesía de combate, apenas se recuerda.

Dentro del grupo, el más vanguardista era Atxaga. Para mí, la vanguardia estaba ya muy vieja. La poesía de vanguardia no era una referencia. Yo, que había sido muy amigo de Aresti, mantenía una serie de gustos y referencias que compartía con él y que no iban por la poesía social. Era, por ejemplo, T.S.Eliot, del que Aresti había traducido al euskera los Four Quartets, que yo publicaría en 1984 junto a la traducción de The Waste Land, de Joseba Sarrionandia, y la mía de The Hollow Men. Ese tipo de poesía medio simbolista medio oracular que venía un poco de Baudelaire y de los simbolistas franceses, con un elemento simbolista, si quieres muy de años veinte, pero que después se había serenado. Esa era la poesía que a mí me gustaba. Luego estaba Joseba Sarrionandia, que hacía un tipo de poesía que de vanguardista no tenía nada y lo mismo Manu Ercilla, que hizo poca poesía dentro del grupo y que lo que después escribió fueron sonetos, en esa tradición sonetística bilbaína, que es una industria local, porque todos los poetas bilbaínos hacemos sonetos en ristra, como las salchichas de antaño. Vanguardia, la verdad, había muy poca. Lo que sí había era una reivindicación de la independencia de la literatura frente a la política.

Con el panorama del País Vasco en aquellos años, la literatura ¿estaba metida en la política?

Estaba subordinada a la política. Los años entre el 64 hasta el 75 habían sido de una enorme conflictividad, con una movilización muy fuerte de los escritores, y algunos que no habían hecho literatura social en su vida, de repente se pusieron a hacerla. Y nosotros, que estábamos al final de eso, queríamos hacer otro tipo de literatura. Había muerto Franco, iba a desaparecer el franquismo y nos pareció que era el momento de hacer otra cosa. Pecamos de optimismo porque lo que pasó fue mucho peor de lo que preveíamos. Hubo, yo creo, un acuerdo mínimo, incluso con gente que no estuvo en Pott pero que eran amigos nuestros, y que estaban haciendo un tipo de literatura más experimental.

 

 

Jon Juaristi, en un momento de la entrevista (Foto: Mario Sánchez)
Jon Juaristi, en un momento de la entrevista (Foto: Mario Sánchez)

 

¿De aquella juventud, el Vinogrado de su poesía, esa suerte de Bilbao melancólico?

Un Bilbao ruso, más bien (risas). Ese es un mito personal. Obviamente lo tomé de Vinogradoff o Vinogradov, uno de los formalistas rusos. Pero la connotación que tenía era la de una ciudad estalinista y estratocrática, militarizada, muy sórdida. En cuanto a lo de melancólica, date cuenta de que la melancolía tiene mucho que ver con la pérdida y el recuerdo, y aquello no era ni pérdida ni recuerdo, era la Bilbao que tenía delante de las narices. No es un mito melancólico, sino un intento de interpretación. Yo entendía que había que hacer una poesía urbana, despegada de toda la épica baratísima del nacionalismo (y complicada ya con ETA). La verdad es que no sabía cómo hacerla y la creación de Vinogrado como mito me ayudó un poco.

¿El Bilbao de hoy le resulta una perfecta desconocida?

Sí. Vuelvo muy a menudo porque mis padres siguen viviendo allí, pero trato de pasar poco tiempo en la ciudad. Me gusta más ir al campo y no quedarme en Bilbao, porque, sí, te reconoceré que me duele. Me duele porque terminé mal con la ciudad, porque me echaron de ella, porque tratamos de levantar una cultura civil en Bilbao y no salió la cosa.

¿Se siente exiliado o expulsado?

Exiliado no, porque mi exilio en Madrid habría sido un exilio de coña en el que a los tres meses me hicieron director general. Eso no colaría como exilio en ninguna tierra de garbanzos. Pero sí desterrado; perder la base material de la existencia, la tierra, eso sí. Bilbao era la posibilidad de recuperar algo de vida inteligente, de funcionar como una república civil, digamos. Pero no. El nacionalismo ganó la partida, porque las dos fuerzas que podían haberse opuesto, una se plegó y la otra tuvo que meterse en las catacumbas, y no hubo forma de articular políticamente nada y culturalmente tampoco.

 

La entrevista completa en Ritmos21.com

Álvaro Petit Zarzalejos
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