Vicente Aleixandre y la armonía

Foto: Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre.

“El poeta es el hombre”. Y el hombre – y autor de la frase – Vicente Aleixandre, sevillano desde que en la primavera del 1898, cuando el almirante Cervera al mando de una escuadra, partía hacia el Caribe, naciera en la antigua Hispalis. Nació, pues, en la plenitud efervescente de aquella generación que, luego llamada del 98, tanto a bruñido el trofeo literario español.  Tras Sevilla llegó Málaga – su infancia – cuyo mar Mediterráneo, cuya luz, cuyo aire luego desembocarían, gloriosamente, en Sombra del Paraíso.

En 1909 llegó Madrid. Y en Madrid, la casa de Velintonia número 3, en donde el poeta escribiría casi todos sus libros y que fue reunión de la poetada de la época. Tras la destrucción por la guerra y su posterior reconstrucción, fue lugar de peregrinaje y entre sus paredes los poetas jóvenes hallaron un inigualable magisterio. Hoy, aquella casa, está en lucha por no ser desmantelada.  También llegó la Universidad, en la que estudió Derecho e Intendencia Mercantil, pero gracias a la cual – sobre todo – trabó amistad con Dámaso Alonso y fue, en sus amistosos diálogos con el genial poeta, en donde Aleixandre halló su vocación poética.

Una vocación que verá su primera publicación en 1926, entre las páginas de la Revista de Occidente, baluarte de la cultura durante tantos años. En el 27 participó también en el homenaje a Góngora que no fue sino un acto de, como señala Leopoldo de Luis, “significación generacional”.  Y lo hace a través de revistas como Verso y Prosa, que editaba Jorge Guillén. Pocos años después, vería la luz su obra Ámbito y apenas transcurridos cinco años, recibe el Premio Nacional de Literatura por los poemas – inéditos en aquel entonces – de La destrucción o el amor. Tras esto, como es sabido por todos, llegó el ingreso en la Real Academia Española (1950) y finalmente, el Premio Nobel de Literatura (1977).

Sirvan estas notas biográficas como brevísimo resumen de la vida del poeta. Vayamos, sin dilación, a su poesía.

La obra de Aleixandre puede ser calificada de muchas formas – y no faltarán quienes la descalifiquen de otras tantas -, pero lo que no se podrá escribir es que es una obra monocorde. Ante la evidencia ha de rendirse uno y es que al leer, por ejemplo, cualquier antología decente de su poesía, nos damos cuenta rápidamente de que estamos ante todo un mundo poético vastísimo cuya expresión parece no tener límite alguno.

¿Surrealista, neorromántico, cósmico, realista? ¿De qué hablamos cuando hablamos de la poesía de Aleixandre? Seré sincero: no lo sé. De todo, supongo. Es una ardua tarea – que no compete al quehacer periodístico – el intentar anotar qué poesía era la de Aleixandre. Y esto no se debe a que el poeta sevillano sufriera personalidad múltiple; no se debe creer que estamos ante poetas diferentes.

En Aleixandre son pocas las ideas pero son numerosos – y todos ellos originales – los prismas desde los que las aborda. Debería algún académico con saber en esta materia, elaborar una geografía de las ideas que aparecen en la poesía de Vicente Aleixandre.  No sorprenderá, pues, que a tenor de lo ya escrito, afirmemos aquí que la obra de Aleixandre es, sin duda, una obra armónica.

Los críticos y próceres del estudio de nuestro poeta han señalado dos etapas fundamentales en su obra: una que suele llamarse cósmica (La destrucción o el amor y Sombra del Paraíso, por citar dos obras) y otra en la que el poeta contempla el vivir humano (Historia del corazón y En un vasto dominio). Sin embargo, podríamos añadir una tercera: la que ocupa sus dos últimos libros – Poemas de la consumación y Diálogos del conocimiento -.

Estilísticamente, la primera etapa está marcada por una preponderancia del surrealismo, siendo el realismo el estilo más marcado en la segunda.  Es cierto, y así lo hacemos constar, que esta división por estilo ha quedado un tanto desfasada, precisamente por obviar las dos últimas obras de 1968 y 1974, respectivamente, que el autor escribió. Mas, para un mejor discurrir del artículo, sea como dicen.

Dos etapas. Dos estilos. Una dicotomía que, por la ciencia del Pero Grullo, excluye cualquier armonía. Pero Grullo, tan acertado en otras materias, yerra aquí pues una lectura – aunque sea epidérmica – de la obra completa de Aleixandre basta para que el lector se dé cuenta de la solidaridad que emerge de una y otra etapa, y se une para generar una única obra coherente.

Es, a fin de cuentas, una visión total y totalizadora del mundo la que Aleixandre ofrece y que será su compañera por los trasiegos y andares alrededor de ese mundo poético que él levanta; un mundo que nos aparece bajo la especia del amor; un mundo total que, bajo el prisma del poeta en cada etapa, nos ofrece, a fin de cuentas, una visión total de lo humano, llamado a fundirse (“con-fundirá”) con el milagro del cosmos.

Álvaro Petit Zarzalejos
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