La gran tarea de la derecha: ni refundirse ni refundarse

Que Pedro Sánchez gobierne tiene una razón fundamental, más allá de resultados electorales y de estudios demoscópicos; una razón que está en la raíz de todo: para él, la realidad no existe y la verdad ha muerto. A partir de ahí, todo es posible. Dolores Delgado, Bildu, Esquerra… todo es posible siempre y cuando vaya acompañando de su correspondiente relato.

Así, según el relato de Sánchez, el nuestro era un país umbrío necesitado de un sol, de un Rey-Sol que lo alumbre. Él, naturalmente. Porque como la realidad no existe para él, España puede ser un país en alarma que atraviesa una múltiples emergencias -climática, social, de género, y de lo que sea menester- que justifican, no sólo su voracidad desmedida, sino su nulo apego por las formas, los procedimientos y cualquier otro elemento de civilización. Como la realidad no existe para Sánchez, puede desplegar su agenda de disolución que ha quedado inaugurada con el cuestionamiento del derecho de los padres a educar a sus hijos.

Los problemas de Sánchez no eran con la oposición ni con la Constitución, eran con la realidad. Y es contra ella contra la que se dirige este Gobierno. Quieren acabar con su existencia, porque su existencia les limita. Por eso precisamente, la realidad es la oportunidad que hoy tiene el centroderecha para ser útil y trascendente.

La gran tarea
La derecha española sigue igual que la dejamos hace semanas: selvática. Se plantea, para podarla, la refundición de los partidos en uno. Se plantea también una renovación ideológica, una refundación. Y los hay más avezados, que plantean una combinación de ambas fórmulas. Pero nadie, al menos públicamente, se plantea que ninguna de estas soluciones sea viable hoy. Quienes conocen la historia saben que repetir fórmulas del pasado no suele ofrecer buenos resultados en el presente, y tanto la refundación como la refundición tuvieron su tiempo. Entonces fueron novedosas y su éxito radicó, precisamente, en que lo fueron. Hoy no lo son y su fracaso puede estar, precisamente, en que no lo son.

La derecha ha llegado al punto en el que tiene que decidir qué quiere ser. Puede optar por ser una minoría indomable, pero entonces tendrá que renunciar a ser útil. Puede y debería aspirar a ser una mayoría trascendente, capaz de alumbrar un horizonte de país no sólo viable, sino además atractivo, sugerente, para una sociedad que está hastiada. Es el gran proyecto, el único que puede contraponerse a la agenda disolvente del sanchismo. Esta es la gran misión de los líderes políticos.

Peter Drucker publicó a finales de los 60 el libro, The age of Discontinuity, que pronto se convirtió en una especie de vademécum para el gobierno de las organizaciones. Su ‘discontinuidad’es un cambio radical de las circunstancias que exige de las organizaciones una respuesta similar. La realidad de nuestro país es que el partido del Gobierno, sus socios y el Gobierno mismo, están empeñados en eliminar la realidad. Esa es nuestra discontinuidad.

Y la respuesta a una discontinuidad sólo puede ser otra discontinuidad; la de la derecha, que comienza por dejar de mirar la propia historia con nostalgia y hacerlo con criterio. ¿Qué fue la creación del PP, sino la respuesta a una discontinuidad? Ser discontinuo no significa romper con la propia historia, antes bien, al contrario: hay, sí, que acudir a ella, pero no con intención de emularla, sino de inspirarse. Y el nacimiento del PP, además de ser una novedad en la derecha española, fue la gran respuesta ante un radical cambio de circunstancias, una discontinuidad. Entonces, se respondió con una refundación del espacio político; quizá hoy haya que responder de forma diferente, como la de la reunión.

En España y hasta que la directora del Instituto de la Mujer diga que es heteropatriarcal y malo malísimo, las reuniones siempre se han celebrado en torno a algo (la comida, el vino, un proyecto…) que hace las veces de mediador entre los reunidos, suavizando las diferencias y potenciando las similitudes.

Si la derecha tiene que ser algo, es realista, ante todo y pese a todo. Esa es su oportunidad ante la discontinuidad.

Drucker sostiene en su libro que a la discontinuidad sólo puede responderse con otra discontinuidad, partiendo de las oportunidades que ofrece el presente. Y Sánchez, sin quererlo, ha ofrecido la oportunidad: su desprecio hacia la realidad, la ha dejado huérfana. Está pidiendo a gritos que la reconozcan, que alguien se declare abiertamente realista y se reúna en torno a ella. Y reconocerla es reconocer que existe algo más allá de las sedes de las formaciones políticas, algo que merece la pena atender; justo lo que parece estar pidiendo la sociedad.

Si la derecha tiene que ser algo, es realista, ante todo y pese a todo. Esa es su oportunidad ante la discontinuidad. Porque frente a una izquierda que cree estar fundando el mundo cada día, sólo se puede contraponer la certeza de saber que existe algo más allá de las propias apetencias y los propios instintos políticos, una realidad que está ahí y, además, es anterior, cargada de valor y que es importante mantener, aún cuando no sea cómodo hacerlo, aún incluso cuando no garantice la llegada al poder a corto plazo. Ser realistas es reunirse en torno a la realidad. No refundirse ni refundarse; reunirse solamente y dejar que la realidad ejerza su papel en la discontinuidad que vivimos y que el tiempo le está exigiendo a la derecha española.

 

Artículo publicado en VozPopuli.com

Álvaro Petit Zarzalejos
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