Saludo y despedida del 78

Hemos inaugurado legislatura. Lo que dure será el tiempo que tengamos para elegir entre despedirnos del modelo y la cultura política inaugurados en la Transición o saludarle de nuevo, como a los viejos amigos que se reúnen para ponerse al día. Llevamos ocho años en el andén de nuestra historia, pero aún no es tarde, porque aún está librándose la lucha por lo que vendrá, lo que suceda al modelo político que hemos conocido hasta ahora.

La ausencia total de conversación política, que exigía, como condición de posibilidad, no sólo reconocer en el otro a un intérprete de la realidad, sino además admitir que su interpretación podía ser más acertada que la nuestra; su sustitución por la transacción, es un éxito rotundo para quienes lo han fiado todo a esta insana manera de concebir la política, aunque un fracaso general terrible, porque supone que la realidad no sea ya un valor en política, que la realidad no sea más que un maniquí al que vestir y travestir; la España de la que habla uno es tan diametralmente distinta a la que dibuja el otro, que hemos entrado en la esquizofrenia. Y ese es su éxito: sustituir la confrontación por el enfrentamiento.

La consumación de este panorama la encontramos en el período que, desde la moción de censura, nos ha traído hasta aquí. Hasta entonces, con altibajos de manera más o menos permanente, existía la certeza de que cada nuevo gobierno se conduciría por los cauces de la previsibilidad, gracias a lo cual podía permitirse de vez en vez, el gustazo de una excentricidad puntual. Este convencimiento, que es hijo directo y casi primogénito de la democracia inaugurada en el 78, ha desaparecido por completo por la moción, primero, y la firma del pacto con Podemos, la desvergüenza del cortejo a ERC y la negociación navarra con Bildu, después. Y con él, también se han desvanecido la militancia férrea en la política racional, la adhesión permanente a la legalidad como algo más que norma escrita y, sobre todo, la defensa común de la unidad nacional como valor incuestionable de igualdad, solidaridad y convivencia.

La herida de la moción
Por la herida de la moción y de los pactos que Pedro Sánchez pretende ahora, se desangra el 78. Pero este efecto no es lo peor. Quizá ya aquel espíritu estaba moribundo, al menos desde 2008, cuando el Estado del Bienestar se demostró falible. Lo que debe ponernos alerta es que aquel consenso no ha sido sustituido por nada que se le parezca, ni hay proyecto político en España que pretenda hacerlo.

Y esa es, precisamente, la gran tarea que debería ocuparnos: decidir qué hacemos con nosotros mismos. La pugna está entre desembarazarse del 78 para dar a luz algo nuevo, un proyecto sin viejas adhesiones que por viejas, aten las conductas a responsabilidades heredadas, un proyecto cuyo fundamento sea deshilachar las costuras generacionales y territoriales, para encontrar vetas de poder o, por el contrario, trazar una continuidad histórica y política del 78 que sea basamento para un nuevo elenco de consensos de componente territorial y generacional.

Es decir: arramplar con lo anterior o asumirlo como punto de partida. Es el pulso entre lo que se presenta con trazas de novedad, que en el fondo esconde una desmesurada voluntad de poder, y lo que, sin renegar de los cambios, reconoce en la permanencia un valor. De momento, en esta pugna va venciendo la primera opción y lo hace por incomparecencia del adversario. Frente a la ruptura, sólo se oyen adhesiones estériles que se parecen más a justificaciones que excusan la incapacidad para pararse a pensar en España.

El Rey, por ser un actor político sin adversarios, se eleva como el único basamento sobre el que fundar cierta esperanza más o menos robusta
La ausencia de contraparte efectiva, lo raquítico de nuestra sociedad civil, van a hacer de esta legislatura un mirador desde el que observar cómo los consensos del 78 se debilitan hasta quedar reducidos a lugares comunes, discursos fatuos y repetitivos y campo libre para quienes propugnan la ruptura.

Queda sólo y tristemente sola, la Corona. Entre el depresivo paisanaje público español, el Rey, por ser un actor político sin adversarios, se eleva como el único basamento sobre el que fundar cierta esperanza más o menos robusta, gracias a la atemporalidad de su magistratura y al propio hacer particular de Don Felipe.

Quizá su mera figura pueda ejercer de fuerza centrípeta que atraiga las voluntades y los caracteres que aún creen que para que el enfrentamiento político sea saludable y nutritivo -que en eso se basa la democracia-, debe existir un consenso previo; un tabernáculo en el que guarecer en medio del desierto, aquello en lo que todos estamos o podemos estar de acuerdo.

El Rey y Ángel González cuando escribió que la esperanza permanece “agazapada/bajo las piedras y las horas” a la espera de “esta tarde/en la que nada/es ya posible…”. Nada, salvo elegir entre el saludo o la despedida.

 

Artículo publicado en VozPopuli.com

Álvaro Petit Zarzalejos
Últimas entradas de Álvaro Petit Zarzalejos (ver todo)

Deja una respuesta