De los condados catalanes al nacionalismo: la construcción de un mito

En el centro, Rafael Casanova, mito del nacionalismo.

Cataluña nunca ha sido una nación. Todo lo que de confuso o ambiguo hay al respecto en la Constitución, responde más a las necesidades de un momento histórico y ejemplar como la Transición, que a la historia e, incluso, que a la realidad. Puede cedérsele, para empezar, la palabra a la que sin duda ha sido una de las mentes más brillantes del siglo XX español, Marcelino Menéndez Pelayo: “No hay Patria en la Antigüedad, tampoco en la Edad Media. No la hay, en rigor, hasta el Renacimiento”.

Y si a ello le sumamos que el concepto político de nación, que en buena parte atraviesa el que hoy tenemos, es una creación de la romántica Alemania en el siglo XIX; el Volkgeisto espíritu del pueblo que acuñó Herder. El nacionalismo catalán que hoy vivimos, de hecho, es un retoño eminente de éste.

La falsa “patria” medieval

Desde que Valentì Almirall, un republicano enfrentado con el prócer del Partido Federal, Pi y Margall, fundara en las décadas finales del siglo XIX el Centre Català, el nacionalismo ha visto en la Historia una veta de la que extraer, aún con mórbidas lógicas, razones de las que cargarse. La obra cumbre de este abogado fue Lo calanisme, publicado en 1886, en la que defendía las particularidades de Cataluña. Particularidades que la convertían en una nación, claro. De hecho, la dictomía que hoy el nacionalismo, en general, poco imaginativo, establece entre Cataluña y Madrid, no es más que el remozo de otra anterior -aunque tampoco muy anterior-, que ya estableció Almirall cuando en su libro afirmaba que “el Estado lo integraban dos comunidades básicas: la catalana (…) y la castellana”.

Pero lo cierto es que tal división radical de la realidad nunca ha sido cierta y menos, si cabe, en el siglo XIX, en el que la pulsión política estaba ampliamente extendida por todo el país. Recuérdese, por ejemplo, cómo la Revolución Cantonal, de corte federalista, tuvo buen arraigo en Cádiz o Málaga. Recuérdese, también y por ejemplo, que Antonio Cánovas del Castillo no era un castellano dominador, como los califica Almirall en su obra, sino un malagueño de pro al que nunca se le borró el acento.

Como en una suerte de ideática sucesión, emerge Prat de la Riba. Sabiendo éste que el mito del 11 de septiembre era un falseamiento de la historia, además de la narración cuasi fantástica de una derrota, quiso buscar asiento histórico para su ideología en la Edad Media. Ni corto ni perezoso, a finales del siglo XIX, afirmó que “la época de grandeza de nuestra patria coincide con el apogeo de la civilización de la Edad Media (…)”. Esta frase debe entenderse, por bondad hacia Prat de la Riba, hombre inteligente como pocos ha tenido el catalanismo, como fruto de la exacerbación y acaloramiento del momento. Si no, el juicio es demoledor.

La inexistente Corona catalano-aragonesa

Porque, ¿a que patria se refería exactamente? Puede que se estuviera refiriendo a lo que luego, la historiografía más proclive a la ideología que al rigor, ha devenido en llamar “Corona catalana”. Pero no. ¿Cómo se va a referir a tal invención un hombre leído? Claro que no importa tanto el cuánto se haya leído, sino el qué.

Jamás ha existido algo parecido a un reino en Cataluña. Mientras no formó parte de una entidad jurídica mayor, Cataluña si fue algo, fue una confederación de condados regidos por el que más poder acumulaba de ellos, el de Barcelona. Más tarde, hacia 1150, se produjo algo parecido a una unión entre Cataluña y Aragón, que sí se había configurado como un Reino y tenía estructura y categoría internacional como tal. Sin embargo, esa unión no fue del todo unión. Como sin duda no se habrá estudiado en la educación pública catalana, y ahorrándonos los pormenores farragosos, Ramiro II, rey de Aragón, casó a su hija Petronila, heredera de la corona, con el conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV, que nunca ostentó ningún otro título que el de rey consorte de Aragón. Su hijo,Alfonso II, sí fue rey, pero no de Cataluña, que no existía, sino de Aragón. Conservó, además, el título de conde de Barcelona.

Sin embargo, ni estos sucesos medievales, ni los que les sucedieron en las páginas siguientes de la Historia, configuraron algo parecido a una nación catalana. Así lo afirmaba no un castellano, sino alguien tan catalán como Puigdemont o Junqueras, Jaume Vicens i Vives, que en la década de los treinta del siglo pasado afirmó, tras una investigación como las que hacía Vives, concienzuda hasta la extenuación: “En más de 3.000 documentos que llevamos recogidos, no hemos encontrado ni uno solo que nos hable de una emoción colectiva catalanista, que nos revele un estado de consciencia nacional: lo sentimos como catalán que somos”. Parece poco probable que haya una nación catalana pululando por los siglos de la Historia y aún no se haya topado con nadie.

 

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Álvaro Petit Zarzalejos
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