Los renglones retorcidos con los que la izquierda llevó a cabo la moción de censura resultan no servir ahora que se abre página nueva. El presidente en funciones parece más empeñado en repetir las elecciones que en dotar de estabilidad a las instituciones (recordemos, por ejemplo, que el CGPJ, el Defensor del Pueblo, el Tribunal Constitucional y el Consejo de Transparencia aún siguen pendientes de renovación). Este repelús que muestra por Podemos hace que Sánchez se muestre incapacitado para la poesía política que la situación exige. Pretender unos votos sin ofrecer nada a cambio es, además de una arrogancia que España no puede permitirse, una demostración de escrúpulos que roza lo farisaico. Podemos, claro, dice que por ahí no pasa.
Algo similar sucede con Vox y Ciudadanos, con la diferencia de que ambos han empezado a pasar por sus respectivos aros. Parecen los protagonistas de La Esfera y la Cruz: dos personajes, un católico y un ateo, que tratan de batirse en duelo por sus ideas sin lograrlo. Andan, vuelan y navegan para poder hacerlo sin que las autoridades interrumpan el enfrentamiento, hasta aliarse por un objetivo común: cruzar armas el uno contra el otro. Paradójico.
Ciudadanos aún no ha caído en la cuenta de que no han logrado el objetivo que se marcaron en las elecciones. Se resisten a aceptarlo, presos de una nostalgia por lo que pudo haber sido, y se niegan a reubicarse en el espacio político de la derecha, que guste más o guste menos, sigue liderando el PP. Están, claro, en su derecho de disputárselo. Algo así como una machtpolitik weberiana, en pequeñito y más de andar por casa. Pero hasta la voluntad de poder debería tener límites.
Vox, por su parte, bascula entre el grito y la reivindicación, en una acumulación y pérdida permanente de razón. Con el trato que han recibido los de Abascal hemos asistido a la degeneración de la escala con la que se mide las ideas en política. Cuando se consideran inadmisibles las posiciones de Vox sobre el aborto o la familia y tolerables las del secesionismo con respecto a la unidad nacional, queda en evidencia la lógica perniciosa con la que a veces funciona la opinión pública. Pero toda la razón que pudiera asistirles a los de Abascal la pierden por sus golpes de retórica pétrea.
Y el PP. Perfil bajo, poca presencia mediática y de un lado para otro por España para intentar alcanzar acuerdos. Casado no ha tenido protagonismo. Tampoco lo ha querido. Y ha asumido el desgaste que se pueda desprender de hacer pactos con unos y con otros. El presidente del PP ha mostrado hechuras de Estado acudiendo siempre que el resto de líderes le han llamado, incluso ha tenido el tino de ofrecer a Sánchez pactos que puedan darle estabilidad a la legislatura.
Los tres partidos están enzarzados, bosquejando pactos y soluciones para los gobiernos autonómicos, sin vislumbrar lo que a todas luces parece evidente: que el futuro y cariz lo marcará la derecha y su unión o desunión. División que puede ser intenstina, reunión que no tiene por qué ser bajo una misma vitola electoral. No de momento, al menos.

