Las catalanas como catalizador

Es probable que las elecciones catalanas en marcha no sirvan más que para confirmar lo que resulta evidente: que el PSOE se siente más cómodo pactando con los partidos nacionalistas e independentistas; que el centro derecha tiene la obligación patriótica de reunirse de nuevo y que la idea de nación está en serio riesgo. Son tres ideas consabidas, casi ya desgastadas por el uso, pero tan reales que aún podrán palpitar el 14-F.

La querencia del PSOE por Esquerra Republicana es comprensible: con ERC se impone la lógica de la transacción, que no es exactamente igual a la del acuerdo. No precisan de bases comunes, ni tan siquiera de visiones de la realidad parecidas, sino de apetencias compartidas. Aragonès podría creer que el sol es propio de la noche y Sánchez que la tierra es una planicie con cataratas de agua en sus bordes, que eso no sería problema para alcanzar un pacto. Es decir: como, a lo que parece, la realidad ya no es relevante para la política y cualquier conexión con ella se toma más como estorbo que como condición de posibilidad, ¿qué importa todo lo demás?

El pactismo estrenado por el PSOE para apuntalar a Pedro Sánchez en La Moncloa es un camino engañoso: lo tortuoso que pueda parecer el recorrido no avanza la magnitud del abismo al que conduce.  Más allá de unos Presupuestos aprobados, a España le espera la fractura de las ocho naciones de Iceta. Asentar la gobernanza de un país en algo tan primario como las voracidades mutuas es un suicidio nacional.

Aunque, en puridad, Sánchez ha hecho y hará -ha devorado y devorará- lo que de forma más rápida sacie sus apetencias. Y esto, en parte, será también responsabilidad del centro derecha. Cada vez es más palmaria la evidencia de que mientras persista la fragmentación, persistirá este extraño mejunje que nos gobierna. El único que parece haberlo entendido en Cataluña es Alejandro Fernández que, más allá de fichajes, sí demuestra tener claro que el camino viable para un cambio es la reunión del bloque en torno a una alternativa.

La inevitable lectura nacional que tendrán estas elecciones tendría que conducirse, más que a cuestionar liderazgos que, por otro lado, no van a cambiar por causa de las catalanas, a tomar de una vez y con seriedad la idea cierta de que no hay mejor servicio que el centro derecha pueda hacerle a España que su reunión para conformar una alternativa sólida a la mayoría de la investidura y el desguace.

Quizá, después del 14-F pueda dársele boleto a tanto tacticista de medio pelo para el que la política no es más que un permanente golpe de efecto. El daño que estos profesionales de la nada le están haciendo a nuestro sistema bien merece un libro. Con ellos fuera de juego, quizá impere el patriotismo.

Porque a cada sesión del Congreso que pasa, el patriotismo (el sano amor por la nación) es más necesario que nunca. Lo que está en juego realmente, la marejada de fondo que late en toda nuestra política, es el cuestionamiento permanente de España como nación, como realidad política y social de vida en común que frena a rupturistas y montaraces. Pedro Sánchez -el PSOE, en general- ha tomado la doctrina Iceta -doctrinilla, en realidad- de la palabrería sentimental y vacua (nación de naciones) para justificar lo que no es más que una falta absoluta de escrúpulos y patriotismo: si hay que diluir la nación para permanecer en el cargo, hágase. E Iceta, el hombre de todas las derrotas del PSC, está dispuesto a ello; igual que Salvador Illa.

España precisa de un plan que, frente al plan de ruptura, oponga un plan de restauración institucional, político, económico y social. Esa es la verdadera alternativa necesaria (y puede que posible) al actual Gobierno. Y bien podría haber empezado en Cataluña. Que no haya sido así, aunque desalentador, no tiene que hundir todas las esperanzas; puede que unos malos resultados del constitucionalismo sean catalizadores más efectivos.

 

Artículo publicado en Voz Populi

 

Álvaro Petit Zarzalejos
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