Hoy ha muerto F

F tenía treinta y un años. Mi edad. Él los cumplió en marzo, yo en febrero. Ha muerto por un cáncer. Su madre lo ha encontrado de amanecida, en la cama, plácido, sin respirar y con un pequeño rosario en el dedo índice que yo le regalé hace bien poco, después de un viaje a Galicia.  Se me ha roto el mío, me dijo.

Últimamente -desde el martes pasado- recibía medicación para que estuviera tranquilo, sobre todo por las noches. Y eso era ya un triste augurio. Pero los augurios pueden resolverse al cabo de años. Y eso pensaba yo que iba a suceder.

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Es difícil escribir obituarios de personas que apenas han vivido lo suficiente como para acumular años que narrar.

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Los amigos de infancia se pueden perder fácilmente. La vida tiende a complicarse demasiado y en las vueltas y revueltas de sus caminos, siempre se va dejando algo atrás. De aquellos años, y que nosotros supiéramos, sólo él y yo conservábamos la amistad, tan llena de intimidad.

Se fue unos años a estudiar fuera y yo me cambié de colegio. Por el camino, ambos perdimos – ¡cuánto nos alegramos en más de un caso! – contacto con muchos, pero nunca entre nosotros.

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Quise ir a verlo hace poco, pero no andaba con fuerzas. Fue su madre quien me lo dijo, que había vomitado y que no se encontraba con ánimo.

Yo tenía algo urgente que contarle. Le escribí un mensaje escueto. Me respondió: Tú tranquilo, que yo te lo encomiendo. Cuando mejore, vente. Trae cerveza y listerine, que la última vez nos cazó mi madre por el aliento. Yo te lo rezo. Y muchas caras de esas que se ríen y por la risa, les saltan las lágrimas.

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Cuando las cervezas no eran suficiente para el ánimo, poníamos The eye of the tiger, como cuando nos aficionamos a las películas de Rocky.

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F escribía también poesía. No muy buena, la verdad. “Ponlos en instagram, que son tan cursis que seguro que triunfas y te llaman de Espasa; además, como estás enfermito…”, le decía y se reía, batiendo la mandíbula.

Escribía poesía juanramonaniana, como todos cuando empezamos, aunque luego quedó deslumbrado por Neruda, y esa fue su perdición. Solía decirle: “Nunca debiste haber leído los 20 poemas de amor…”

No publicó nada. Tuvo la clarividencia que yo nunca he tenido.

Creo que sólo yo he leído todos sus poemas, incluso los más nuevos, aunque no los tengo. La mayoría de los más recientes tratan de nuestras conversaciones y lo que él llamaba el monotema de los últimos meses.

Nunca me llamó pesado. A cambio, yo le regalaba temas para sus poemas. En eso no hay deudas.

Uno de sus primos, cuando me ha llamado, me ha dicho que hay una carpeta en su ordenador que pone Para Álvaro. Que me la mandarán, que creen que son sus poemas. No le he visto muy convencido de mandármelos. Nunca me cayó bien ese primo suyo.

Creo que no hablaba ya con muchas más personas que no fueran familiares.

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Le enseñé todos mis últimos poemas. Era al único al que se los enseñaba antes de corregirlos. Ambos creamos la teoría de que hay poemas que no se pueden publicar porque pertenecen a otra persona. Y esa teoría se me ha hecho norma.

También creamos el método: escribíamos andando los versos, mientras andábamos por donde fuera.

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La muerte nunca es justa. Es siempre una violación de nuestra esencia de eternidad.

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Hace poco, a finales de julio, estuve con él en el hospital. Me echó, sacando fuerzas para los aspavientos. No quería que llegara tarde. Se quedó solo, esperando a que su madre fuera a buscarlo. Suerte, me dijo, que te lo tengo encomendado. Y escondía con una mueca los dolores del costado.

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F iba para sacerdote. Eso lo dejó algo desamparado de amigos y apenas se recuperó de esa soledad; la llevó consigo hasta el final. Se entiende mal hoy que un joven quiera ingresar en un seminario. Lo entienden mal, sobre todo, algunos jóvenes. Sólo la que más motivos tuvo para no entenderlo lo entendió de manera encomiable: su novia. ¿Qué será de ella?, ¿se habrá enterado?

Y existen personas que sienten rechazo ante el enfermo que va anunciando -aunque yo no lo viera o no quisiera verlo- su muerte en cada comisura que se le agrieta

Lo acompañé todo lo bien que supe. Más de una vez lo tuve llorando en un rincón empedrado del claustro del monasterio aquel al que fuimos tanto. Ninguna como cuando le dijeron lo del cáncer.

A través de Don Ilustre -así llamábamos a un obispo amigo que trabaja en el Vaticano- intentamos lograr un nulla osta. No tenía acomodo, nos dijo, en no sé qué código.

He llamado a Don Ilustre para informarle. Está en Roma y no sabía nada. Celebrará misa hoy por él. Estaba muy apenado.

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Otro de sus primos me ha llamado respondiendo a un mensaje mío. No va a haber tanatorio. Va a ser en su casa. La madre de F ya tuvo que vivir uno cuando murió su marido y no quiere revivirlo.

He llamado a una de sus primas. Van a celebrar misa en su casa y me ha dicho que claro que puedo acercarme.

Otra vez la corbata negra.

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¡Ay, F, qué palidez, qué labios mortecinos, qué cuerpo sin vida!

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La muerte es pegajosa; se infiltra. Están todos un poco muertos durante la misa. La casa exuda muerte.

Y nos hemos llevado todos un poco de muerte con nosotros.

Un poco más…

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Lo van a enterrar fuera de Madrid, en donde está también su padre. La familia tiene desde hace décadas una casita de campo (escaso brillo de lo que se fue), un antiguo hotelito rehecho para acoger al batallón que son entre tíos y primos. Su padre nació en esa casona. Y cerca de ella quiso que lo enterraran.

Es lógico que el hijo quiera estar junto al padre. Se lo dijo a su madre a finales de julio.

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Empezamos, después de que yo dejara tan intensamente la cosa de la política (¡cuánto tiempo nos quitó!), a escribir una novelita juntos. Él dictaba las notas con el móvil; luego yo escribía mi parte. Una cosa policiaca y malísima.

Cambié de móvil y las perdí, pero ahora las recuerdo y de policiaca nunca tuvieron nada: los bares nuestros, las noches nuestras, el billar andrajoso de Plaza de Castilla, también nuestro… Me regaló una recapitulación de recuerdos.

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Tú tranquilo, que te lo tengo encomendado, me dijo, como tantas veces, por verme miedoso y acobardado. Y entonces yo perdía todo miedo.

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Cuando mi padre murió, quiso venir al tanatorio. Le dije que ni se le ocurriera, que el viernes había estado en el hospital y que apenas tenía fuerzas. “Cuando vuelva de Sevilla, nos vemos”. Y nos vimos cuando volví. “Morir, hay que morir en primavera”, le dije, “febrero es un mes extraño para la muerte”. “Tampoco en verano, que con el calor es un engorro”, me respondió mientras sonreía. Y me leyó un poema que había escrito ese verano. Empezaba con un verso parecido a este: “Para el amor, el verano…”

Ya ves, qué cosas.

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De niños, a la familia de F se le ocurrió invitarnos a un grupo de amigos a la casona para hacer una excursión a un laguito que había cerca. No recuerdo nada de aquel día, sí que el padre vivía todavía.  Siempre me tuvo un afecto especial, aunque no por mí, sino por mi madre: la leía en los periódicos y la escuchaba en la radio. Y me ha reconfortado recordarle: el encuentro entre un padre y su hijo debe ser lo único que ahora pueda ser reconfortante.

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En una de las casetas que había repartidas por el jardín de la casona había un lucernario. Y mientras conducía de vuelta a mi casa lo he recordado.

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Recién llegado a mi casa he caído en la cuenta: ¡ni una flor te he llevado! Menudo amigo… Voy a pedir las señas del lugar en el que te van a enterrar para mandar unas.

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El traje, sobre la cama, es un paño humedecido. Todo sudor. La camisa, lo que queda entre surco y surco. El calor y la muerte.

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Mira que te lo dije: no te mueras, que no se te ha perdido nada en la muerte.
Mi padre no pudo hacerme caso, porque su muerte ya era mucha.

Aún me acuerdo: Te lo tengo encomendado.

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Mira que te lo dije: haz el favor de no morirte.

Y ahí estabas, rezumando muerte.

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Sea

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