Ser «algo»: el PP y el futuro

Las piezas están ya dispuestas. El encuentro de la llamada Mesa de Diálogo ha sido la última en colocarse en el tablero. Esta reunión, tan vacua en las palabras como inquietante en las intenciones que se emboscan, es la consagración del frente de poder con el que Pedro Sánchez pretende mantenerlo (no necesariamente «mantenerse»).

A ERC le ha concedido todo lo que puede concedérsele a un partido de semejantes hechuras. El Gobierno ha asumido como suyos los desmanes lingüísticos, propios de democracias renqueantes, y no se ha negado a reformar el delito de sedición. Los republicanos, tan contentos, tan ufanos, tan hinchados los pechos, no se dan por saciados. Aunque sí por satisfechos con los primeros platos.

De la Constitución, ni su sombra. Del Estatuto, ni el rumor. El Gobierno ha asumido la despolitización de la política bajo el mantra eufemístico y falso del diálogo.

Entiéndase bien, la política exige diálogo, claro. Pero no un diálogo sin basamento ni límites. Toda conversación política debe sustentarse en elementos esenciales, básicos, que eviten que esa misma conversación degenere en injusticia. Dialogada, por supuesto. Pero injusticia al fin y al cabo.

Asumir, como asume el Gobierno, que el español, su enseñanza y su uso, quedan plenamente garantizados por las malversaciones políticas del republicanismo catalán, es asumir precisamente eso, una injusticia. Tal asunción hubiese sido imposible si el marco del encuentro hubiese sido la Constitución y la ingente jurisprudencia sobre política lingüística con la que cuenta nuestro acervo jurídico. Dialogar en el amplísimo espacio que la Constitución alberga dentro de sí hubiese sido, además, lo leal y lo responsable.

Pero no se buscaba la lealtad ni la responsabilidad. Ni tan siquiera se buscaba algo parecido al bien común. Todo era y es mucho más pedestre, mucho más simple. La vuelta del verano traerá, entre otros hitos, unos nuevos Presupuestos Generales del Estado cuya aprobación es esencial si el actual Gobierno, y Pedro Sánchez en concreto, aspiran a llegar vivos, aunque sea boqueando, al final de la legislatura. O a sus aledaños, al menos.

«Dar por amortizada a Yolanda Díaz quizá sería demasiado. No por ella, sino por Sánchez, que la necesita para poder revalidar la mayoría parlamentaria»
Por el otro lado, el del PNV, está todo más que amarrado. Poco queda ya por concederle al Euzkadi Buru Batzar. Las cárceles las están vaciando de etarras sin tan siquiera preocuparse por el disimulo estético. Sencillamente, los sueltan para que paseen por sus pueblos y acudan a las calles en las que cometieron sus asesinatos y atentados. También, en nombre de un diálogo del que no conocemos otros términos que los propios de las transacciones más rudimentarias: dame votos y te doy presos.

De Yolanda Díaz, mejor ni hablamos. ¿Para qué? Su pubescencia ya tiene suficiente con luchar contra el acné político de su iniciativa, plataforma, pandilla o lo que sea. La vicepresidenta se ha encontrado de lleno con lo que, por otro lado, ya era evidente. Que Pedro Sánchez hace tiempo que dejó de ser del PSOE (del que conocimos hasta ahora, al menos) y ha hecho suyas las medidas de Unidas Podemos.

Y sin ese flanco de radicalismo almibarado que va recetando con aire de sor impuestos, sonrisas y cosas chulas, Díaz se queda en algo parecido a la nada. Darla por amortizada quizá sería demasiado. No por ella, sino por Sánchez, que la necesita más o menos situada para poder revalidar la mayoría parlamentaria.

Todo parece, pues, más o menos dispuesto. El PP, a la sombra de la decadencia del Gobierno, sigue con su estilo de serenidad, voz aflautada y economía por delante. No se sabe si esperando a que caiga un Gobierno del cielo o a qué, pero subiendo en las encuestas y viéndose en la Moncloa dentro de un año.

Sea pues, si es eso lo que quieren.

Quizá el país necesite algo más del primer partido de la oposición. Algo más que quedarse en el burladero a esperar a que le llegue el turno. Quizá una o dos ideas que no tengan que ver con impuestos y capaces de confrontar, precisamente, con lo que es más peligroso de este Gobierno: sus ideas, que poco a poco van encarnando en decisiones sobre cuya derogación cuando el PP gobierne, caben dudas más que razonables.

«No se trata de abrir fuego en una batalla cultural que nadie sabe ya realmente qué es, sino de contraponer economía con economía, política con política, ideas con ideas»
Quizá en Génova ya intuyan que en el último tramo de la legislatura es probable que el Gobierno tenga preparadas leyes y decisiones profundamente ideológicas, como en los peores tiempos de José Luis Rodríguez Zapatero, con las que galvanizar a los suyos, y por eso se está guardando de quites pintureros.

Sea lo que sea, tendrá el PP que ser algo. Algo más que un equipo de gestoría dispuesto a cuadrar las cuentas.

Que habrá que cuadrarlas. Porque este Gobierno es un dislate. Y ya con eso, el servicio prestado será inmenso. Pero España no es sólo sus Presupuestos y la escombrera en la que el Gobierno está convirtiendo las instituciones y la vida política. Exigirá el arrojo de no escudarse en la situación económica.

No se trata de abrir fuego en una batalla, o guerra cultural, que nadie sabe ya realmente qué es. Sino de contraponer economía con economía, política con política, ideas con ideas.

Confrontar, en definitiva. Ser conflictivos, que en eso se basa la democracia.

No por serlo, que hasta este Gobierno, aunque sea por estadística, puede tener buenas ideas, incluso tomar buenas decisiones. Pero sí por el bien de España, que necesita (toda democracia lo necesita) una alternativa definida, nítida, que no sólo descolle ante el electorado por la gestión. Sino, sobre todo, por la visión del país, de la sociedad, del individuo y de la base material de la vida.

Sánchez tiene ya sus piezas dispuestas. El PP, después de estos primeros meses de nueva presidencia, tendrá que empezar a disponer las suyas. Y el tiempo se achica.

 

Tribuna publicada en El Español

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